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Rosario y Edgar | El inquilino abusador

Rosario y Edgar compraron un apartamento en El Morro de Puerto La Cruz, es su único bien, así lo cuenta con orgullo Rosario Cannavacciuolo, quien ahora reside en Panamá, donde trabaja para pagar sus cuentas, o al menos algunas de ellas, como nos narra con voz angustiada, desesperanzada.

Para comprar su apartamento trabajó duro junto a su esposo y hasta vendieron su carro para terminar de pagarlo en 3 años. En 2007 una oferta de trabajo fuera de Venezuela los llevó a mudarse y a dejar su vivienda por 2 años consecutivos. En 2009 y para cumplir con los compromisos de pago derivados del mantenimiento de su propiedad en Venezuela, deciden alquilar. El inquilino ocupa desde entonces el inmueble incumpliendo los acuerdos previstos en cuanto al pago del arrendamiento, a pesar de ello y por causas de un grave luto familiar imprevisto, los propietarios se ven obligados a renovar por un año más el contrato.

Llega el año 2010, nuevos aires se hacen camino y favorecen las ocupaciones de inmuebles en condición de alquiler por parte de los inquilinos. Es el pretexto para que  de manera aun más descarada, el ocupante se niegue a dejar el apartamento. Mientras esto ocurre, la deuda de condominio sigue creciendo y atormenta a los propietarios, quienes recibiendo de manera irregular el mismo monto por el alquiler, no logran cumplir con sus obligaciones de pago. La misma precariedad económica que viven, les impide volver al país para seguir la lucha emprendida en 2014 ante el SUNAVI. En el acto conciliatorio ante esta instancia, el inquilino se negó a abandonar el inmueble, alegando que requiere más de dos años para terminar la construcción de su vivienda. El organismo acuerda entonces, en 2016 el acceso del caso a la vía judicial.

Aun en el exterior Rosario y Edgar no quieren callar, buscan por todos los medios ser escuchados y piden que su caso sea conocido. Dos venezolanos jubilados que claman justicia por una lucha inicua en donde un inquilino que ostenta bienes y recursos para construir una vivienda a su gusto, vive cómodamente sin temor a alguna presión por abandonar  una propiedad injustamente usurpada.