Sólo un Estado petrolero, con ingresos milmillonarios, que le permiten cubrir esas enormes pérdidas, puede darse el lujo de arruinar todas las empresas

Antes de su reestatización, en 2008, Sidor producía 4,3 millones de toneladas de acero anuales, los trabajadores -activos y jubilados- poseían el 20% de las acciones y el Estado era dueño de otro 20%. Hoy la producción ha caído a 1,2 millones de toneladas de acero anual, con un número mucho mayor de trabajadores y el Estado como único dueño.

Sidor, que junto con Pdvsa es uno de los emblemas del Estado-empresario venezolano, constituye un muy mal ejemplo de la capacidad de este para gerenciar las empresas públicas. Pero no es sólo Sidor, todas las empresas estatizadas, todas, absolutamente todas, trabajan a pérdida.

Sólo un Estado petrolero, con ingresos milmillonarios, que le permiten cubrir esas enormes pérdidas, puede darse el lujo de arruinar todas las empresas que posee, incluyendo a la gallina de los huevos de oro, Pdvsa, que sobrevive gracias a los altos precios del petróleo, pero muy deteriorada administrativamente. Ahora se anuncia que ya está en proceso la privatización de Citgo, la empresa petrolera nacional ubicada en Estados Unidos y uno de los mejores negocios de Pdvsa.

¿La razón? Entre 10 y 15 mil millones de dólares que Pdvsa recibiría por ese «lomito» y que irán a parar a las fauces insondables del gobierno nacional. En otra área, la de producción de cemento, después que el gobierno expropió todas las productoras, las anteriormente eficientes cementeras pasaron a ingresar el line-up de empresas deficitarias.

Podríamos continuar enumerando casos, pero basta para cerrar con el caso de Lácteos Los Andes, con cuya expropiación el gobierno de Chávez hizo mucho ruido y hoy se encuentra postrada, casi al borde del cierre, dadas sus enormes pérdidas. En fin, dan ganas de llorar.

Esto forma parte del gran drama nacional. No es que sea nuevo, porque las empresas estatizadas, por lo general, siempre han presentado balances en rojo, pero durante la era chavista el problema ha empeorado visiblemente porque a la gerencia deficiente se añade una corrupción peor que nunca.

Encima, puesto que no hay controles eficaces, la impunidad es la norma. Alguien denominó al régimen venezolano como una «cleptocracia». Difícil encontrar una denominación más precisa y adecuada. Porque de eso se trata.

No son casos aislados de corrupción ­aunque sean grandes­ sino de toda una organización delictiva que permea la administración pública en sus distintos niveles y que literalmente está saqueándola, erosionando, a su vez, la moral ciudadana. No deja de ser elocuente que el PSUV, partido de gobierno, no haya considerado pertinente discutir sobre este tema en su reciente III Congreso. Hay omisiones que acusan.

Teodoro Petkoff | Tal Cual